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Ser niño lector en los años setenta significaba leer a los clásicos. Andersen, Perrault, los hermanos Grima, etc.; nosotros vivimos ese mundo imaginario al lado de princesas encantadas, madrastras malévolas y reyes medio pazguatos que habitaban en bosques llenos de duendes y hadas. Julio Verne, Emilio Salgari, Dickens y Mark Twain, entre otros, formaron nuestro gusto literario al llevarnos a sitios lejanos donde sus personajes nos compartían sus aventuras, y Edmundo de Amicis hizo llorar a uno que otro con Corazón, diario de un niño. |