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    PANORAMA ACTUAL DE LA LITERATURA INFANTIL
  POR: M. B. BROZON
 
 
Ser niño lector en los años setenta significaba leer a los clásicos. Andersen, Perrault, los hermanos Grima, etc.; nosotros vivimos ese mundo imaginario al lado de princesas encantadas, madrastras malévolas y reyes medio pazguatos que habitaban en bosques llenos de duendes y hadas. Julio Verne, Emilio Salgari, Dickens y Mark Twain, entre otros, formaron nuestro gusto literario al llevarnos a sitios lejanos donde sus personajes nos compartían sus aventuras, y Edmundo de Amicis hizo llorar a uno que otro con Corazón, diario de un niño.

Y, sí, claro, teníamos también la televisión. El Tío Gamboín nos presentaba a los Picapiedra y a la Pantera Rosa. También era más fácil salir solos a la calle y poder emular en territorios más adecuados a la Mujer Biónica o a Los Angeles de Charlie.

Pero los tiempos cambiaron para todos. El Nesa Pon evolucionó en el Nintendo, más tarde en el X-Box y el misterioso WII. Inventaron el Game Boy y otros videojuegos portátiles muy sofisticados; la televisión por cable bajó sus costos y se popularizó tremendamente; hoy un niño, si quisiera (y lo dejaran) podría ver 24 horas de caricaturas en dos o tres canales. Hollywood hizo cada vez más películas dirigidas al público infantil. Después, el Internet. El mundo entero al alcance de cualquiera a través de un monitor. Y también, cada vez más, aparecieron libros para niños.

Tal vez debido a su forma de comercialización, o a la definición de edades de lectura, o porque se considera un género que toma en cuenta criterios mercadotécnicos para su distribución, la literatura infantil ha padecido un menosprecio dentro de los círculos literarios no sólo en México, sino en el mundo entero. Borges, por ejemplo, tenía aversión por la literatura infantil, al considerarla una consecuencia deplorable de la expansión editorial. César Aira, argentino también, se une a la displicencia de Borges al manifestar que la considera subliteratura por el hecho de que no inventa a su lector, sino que lo da por inventado y concluido, con rasgos determinados, ubicado por un psicopedagogo en cierta edad de lectura.

Es improbable que en el proceso de creación se logren determinar los posibles lectores. Yo escribo lo que me gusta, lo que me divierte, y es probable que debido a cierta deficiencia personal de adultez, el resultado final es algo que pueden leer los niños. Pero que un libro esté dentro de una colección para niños no significa que un adulto no pueda disfrutarlo. Y mucho menos significa que no sea algo serio.

Atrapar la atención de un niño no es fácil. Menos tratándose de los niños de ahora, que están expuestos constantemente a toneladas de información. Que están acostumbrados a la sucesión vertiginosa de imágenes que les ofrecen Cartoon Network y MTV, al humor y despliegue de tecnología de las películas de Pixar o Dreamworks.

La habilidad de un buen autor de libros para niños consiste principalmente en lograr atrapar la atención del pequeño lector desde las primeras páginas y conservarla a lo largo de todo el texto.

La importancia de clasificar los textos, aunque para algunos esto signifique una especie de abyección en aras de la mercadotecnia, tiene su razón de ser. Se debe acercar a los menores a la literatura a través de textos que, en primera, estén al alcance de su comprensión, y no sólo eso, sino que también resulten atractivos para ellos, tanto en la temática como en el uso del lenguaje.

Acercar a los niños al mundo de la literatura es una labor conjunta. Autores, editores, promotores, maestros y sobre todo, los padres de familia. Los niños aprenden lo que ven. Si un niño mira que sus padres disfrutan con la lectura, se va a sentir intrigado, querrá probarlo, y si se le ofrece un material adecuado, no hay razón alguna para que no lo disfrute igual. Pero hay errores comunes en estos intentos de acercamiento. El más usual es el que coloca al libro como una obligación: "Si lees dos capítulos de este libro, puedes ver la televisión". El libro, en ese momento, ocupa el lugar de la tarea engorrosa y la televisión, el del premio. La consecuencia es clara.

Hay que dejar que los niños escojan los libros que quieren leer. Dejarlos distinguir entre lo que les gusta y lo que no. Obligarlos a que terminen de leer un libro a fuerzas no es la mejor idea, y menos durante su etapa de formación como lectores. Y, vamos a ser francos, así como en la literatura para adultos hay cosas buenas y malas, dentro de la literatura infantil uno puede encontrarse maravillas, pero también esperpentos. Hay que dejar que los niños, solos, construyan su propio criterio estético.

Un error que se suele cometer en el nivel de la creación es caer en la legendaria moralina. Se presupone que los niños están en una buena edad como para ser educados y se les recetan lecciones morales en los libros. Los que leímos cuentos de hadas recibimos una cantidad importante de moralejas, que en resumen eran: si uno se porta bien, al rato se encuentra al amor de su vida, o a un anciano ricachón que le cede su herencia. Si no, el mal comportamiento puede llegar a generar castigos verdaderamente violentos: vienen unos cuervos y le sacan los ojos, o termina en un caldero lleno de aceite hirviendo. Hay que reconocer que los autores clásicos tenían sus momentos bastante oscuros. Pero los narradores no estamos para educar, esa es una labor de los padres y de los maestros. Los niños se dan cuenta de las moralejas, y desdeñan las lecciones en los libros.

Sin embargo es cierto que los niños están en una edad de formación. Es cierto que son susceptibles de absorber conocimientos y valores. Y a fin de cuentas cada autor pone de manifiesto en sus textos, en mayor o menor medida, su visión del mundo y su carga de valores, y esa es la que transmite de manera espontánea, sin caer en la obviedad de una moraleja. No es posible ponerse en acuerdo tácito con una serie de convenciones y recetárselas al pobre lector, que ya tiene suficiente con padecer las oleadas educacionales por parte de padres y maestros. La responsabilidad del escritor es convertir al joven lector en su cómplice. Dejar en paz a su conciencia y en lugar de ello, tocar sus fibras sensibles, hacerlo reír, provocarle de cuando en cuando un nudito en la garganta, sugerirle alguna travesura, en fin, ponerlo de nuestro lado. Quien quita y una de estas noches descubra que prefiere ponerse a leer que ver la televisión, jugar con el Nintendo o navegar en Internet.

Mónica B. Brozon
Escritora mexicana
http://www.mbbrozon.com
 
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