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   COMUNICACIÓN MADRE – NIÑO EN EL PRIMER AÑO DE VIDA  
 
La comunicación entre la madre y el niño se presenta en dos planos: consciente e inconsciente. Las necesidades del niño son percibidas por la madre de estas dos formas (a este nivel las respuestas de la madre son básicamente afectivas), puede haber coincidencias pero también puede haber antagonismos, lo que va a ser percibido por el niño y registrado, desarrollando inseguridad y hasta síntomas somáticos en reacción al rechazo. Lo importante es que la madre desarrolle el papel del objeto de seguridad, si es así, se transforma en una persona insustituible para el desarrollo y la socialización del niño, se agudiza el conocimiento que logra de las necesidades y deseos del niño, también hace que produzca una comunicación estable y congruente en los niveles consciente e inconsciente. El niño empieza a introyectar la imagen de bueno en la medida que siente a la madre como buena, lo que es favorable a su autoestima. En un comienzo, la comunicación madre-hijo no es intencional por parte del niño, poco a poco, cuando el niño capta que sus gritos llevan a la satisfacción de necesidades, estos pasan a adoptar además de la función de descarga, la función de comunicación. La comunicación se va haciendo cada vez más dirigida y conciente; el lenguaje de los gritos, llantos y afectos, va poco a poco siendo reemplazado por gestos y después por palabras. El niño va ir disponiendo de dos tipos de registro: A los 8 meses, en el bebé, surge una actitud activa del niño en la expresión de los sentimientos, sus afectos se dirigen a un ser individualizado. Responde con signos de ternura (abrazos) lo que constituye para la mamá un momento de readaptación psicológica porque ahora tendrá que relacionarse con un ser que salió de ella pero que es distinto al mismo tiempo. Esta distancia física y psíquica se agudiza después de la locomoción, en la que la madre debe preocuparse mucho más de su hijo dándole órdenes y prohibiciones.

La sumisión ante los mandatos de la madre implica: Que el niño comprende el significado del no y que sea capaz de tolerar la frustración de renunciar a un placer inmediato por una gratificación futura. Para los psicoanalistas, el deseo de aprobación del niño es el móvil que lo impulsa a someterse a las exigencias de la madre, es decir, el temor de perder el objeto de amor es ahora reemplazado por el temor de perder el amor del objeto; el placer proveniente del ello se ha sustituido por el principio de realidad que rige el yo, que está débil pero ya en condiciones de dar una expresión compatible con un comportamiento socializado.

Imitación e identificación: La identificación implica siempre la imitación, pero no viceversa. La imitación puede ser deliberada y conciente pero no así la identificación, que es una imitación inconciente y motivada por el afecto.

Las primeras imitaciones de los gestos del otro aparecen entre los 6-9 meses a partir de la relación objetal; con el surgimiento de la función simbólica aparece la imitación diferida.

En la relación madre-hijo, los procesos de identificación ejercen una fuerte influencia en el desarrollo del niño, aunque también la imitación tiene bastante importancia en el lenguaje. Rápidamente el niño llega a conformarse con las órdenes de la madre, incluso fuera de la presencia de ésta, lo que significa que va internalizando las órdenes maternas. El niño usa el no para indicar rechazo, desacuerdo y para aplicarlo a sus propios actos cuando está a punto de cometer una falta. Una parte de su personalidad adopta la actitud de sus padres: súper-yo.

En este proceso del desarrollo influye: la maduración somática, los progresos de funciones cognitivas y afectivas y la acción del compañero. Esta reestructuración del universo próximo y esta nueva captación de lo real a los cuales, el niño accede el último trimestre del segundo años de vid, son debidos al juego de procesos que evolucionan en la interacción entre ellos.
 
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